28.3.09

Todo y Nada

Soleado rayo de luna en un cielo celeste nocturno.
Bailan volando alto estrelladas mariposas.
La noche es luz, la oscuridad día.
Amanecen atardeceres en Saturno
y la arena se vuelve sal...


(cuando todo lo es, también nada sería)

17.3.09

Ala Delta

Un soplo de viento entró por la ventana uniéndose con el de su suspiro. El sol proyectaba una sombra perfecta sobre la alfombra. Desde ese rincón recostada en el suelo, justo debajo de la ventana, el cielo parecía finito en su recuadro. Estirando los brazos en el aire, jugaba a contenerlo entre sus manos. Así mataba el tiempo, en ese juego perverso de tratar de poseer el cielo, pero no perdía las esperanzas. Una vez lo sintió especialmente cerca, camuflado en la sonrisa de un niño cabeza de nube. Pero las nubes juegan a ser cielo cuando no lo son, recelosas e infantiles, intrusas en su atmósfera intocable, inflándose egoístas si alguien parece admirarlas, lloviendo a destiempo palabras que al final siempre se evaporan. Sí, definitivamente no quería volver a escuchar salpicar su serenidad con excusas de algodón inconsistente. Por suerte el tiempo y el viento saben hacerlas deshilachar y reconocer su condición siempre efímera. Porque siempre hay cielo más allá de una historia gris y bien dicen que quien quiere celeste que le cueste, en especial uno que la entienda y la acompañe a pesar de sus propias tormentas, con vientos que disuelvan los temporales sólo para ponerse en sus zapatos, y rayos de sol para abrazarla siempre por las dudas, además de un puñado de estrellas que sepan bajar la persiana cuando la Luna tenga ganas de espiar a la hora del amor.

16.3.09

Días Tibios

Un suspiro y cierra la puerta. Sale. Hay viento, sopla fuerte hoy y alborota el piso alfombrado de hojas. Estornuda y le hace pensar que mañana va a bajar de arriba del mueble la campera azul, y más hojas se le chocan en los pies. Cruza la calle, prefiere la vereda con sol porque este sol no quema, es tibio, es lindo, le gusta. Le gustan las bufandas, las camperas, las caras frías, las narices rojas, las calles amarillas, y de vez en cuando el calor. Los días son dorados pero no arden ni transpiran, la gente llena de risa las plazas, los perros corren felices, tal vez antes reían lo mismo, no sabe decirlo, pero para ella son más felices ahora. Se sienta en el banquito y los observa enternecida, no la ven mientras los mira, pero no le importa. Sonríe, cierra los ojos y disfruta el interior anaranjado de sus párpados iluminados por el sol. Se acercaban días mejores porque el otoño desnuda esos brotes secos que la primavera engendra en el amor, y el verano simplemente seca. Y pasa, todo pasa, pasan el tiempo, y los caballos de la calecita, y los autos en la calle, y más allá los trenes en la estación.