Lo que más le gustaba de la noche era la humanidad que ella promulgaba. Algo en su capa negra manchaba las expresiones de realidad. No había palabras de más en los susurros, ni intensiones mal interpretadas en los gestos sin luz, porque todo se simplificaba en la magia del instante.
La caricia de la lluvia platinaba el asfalto aumentando el brillo anaranjado de los focos al reflejarse en su humedad. Melancólica en su propio tango, Buenos Aires respiraba el silencio que ella suspiraba. El corazón le latía alerta por la inmensidad del momento, descubriendo como sólo por la noche, cuando los detalles se apagan en las sombras, las esencias permanecen.