5.9.08
Ayer, como casi todos los días de frío, ella se fue a calentar al lado de la estufa. Una lágrima rodaba por su mejilla coloreándola con el oscuro del rimmel. A veces se olvidaba de que había llorado, y cuando reencontraba la imagen del espejo pensaba que no le quedaban muy diferente a los payasos, las vías negras que le dibujaban las lágrimas. Era su pequeño rincón, al lado de la estufa, cuando recordaba el calor que le brindaban sus brazos. "Por lo menos me servía de estufa" pensó amargamente. ¿Por qué si la quizo tan poco ella todavía tenía el recuerdo tan presente?. Hay dos clases de mujeres: las que viven superando y las viven recordando. Lo sabía muy bien, y no sería de las segundas, de ninguna forma, se maquillaría y saldría a la calle, a enfrentar al mundo con sus botas de punta en blanco, sería la mismísima desición en persona, volvería a casa, pondría música de Juana de Arco y se atragantaría las lágrimas allí en la esquinita con la estufa, con la cara contra la pared, ocultándola para que nadie supiese... imaginase... nunca la descubriesen... ni siquiera sus brazos.