16.11.08
Melancolié
Prende un cigarrillo, a estas horas toda la casa es para ella. Odia el olor a humo encerrado, así que destraba la puerta y sale. Afuera, las estrellas y las nubes bailan. No suele fumar, pero cuando está triste fuma. Como si fuera un pacto melancólico entre Dios, ella y la noche. Siempre a escondidas, pero no por el hecho de esconderse, sino por regalarse ese ritual vagabundo a sólas. No la van a ver fumar jamás, porque si fuma es porque está triste, y las personas tristes no sirven. Lo había aprendido hace un tiempo, sabe bien que la gente no comprende la tristeza ajena, porque, ¿Quién va a querer enamorarse de una tristeza? Por eso ella prefiere el silencio y la protección del halo de humo rodeándola, ya que en noches como ésta, no cree que alguien sepa arrancársela del alma ni alegrarle el cuerpo... Cansada de perder (una vez más) con la mirada vidriada, exhala un último suspiro ahumado, y lo apaga.