22.12.08
Luz
Un rayo de sol atardecer se deslizó despacio desde detrás de una nube para acariciarla. Se estremeció al contacto del calor para no ser descortés, aunque en realidad sólo sentía escalofríos. Hecha un ovillo a los pies del roble, cerró los ojos para no opacar la inmensidad del paisaje con dolores ajenos a ese instante. La dureza del asfalto estaba lejos ahora, kilómetros luz de distancia, y ella comprendía que de nada servía ocultar sus sentimientos en el verde campo. Respiró profundamente, como succionando toda la basura que tenía en su interior, y la expulsó sonoramente. No era tan fácil desintoxicar un alma para poder responderle al calor del sol. La naturaleza la envolvía pacientemente, remendando su corazón destrozado por la ausencia. Al fin se sentía regresando en sí misma. Todavía con los ojos cerrados, observó las escenas de sus recuerdos en las que aparecía él, y fue infeliz por última vez, procurrando borrarlas para siempre de los archivos de su mente. El viento también parecía unirse a la tarea, susurrándole sonidos de aliento con voz de grillo. No había motivos para seguir lastimándose en su nombre cuando todo alrededor era paz y vida. Se tragó una lágrima al sonreir. Su propio yo estaba de vuelta, animado y listo para disfrutar el atardecer. Abrió los ojos, una sopa de estrellas se cocinaba en el horizonte, cuando una fugaz bajó a revolverla y en su destello se leyó el deseo concedido de poder olvidarlo.